Un águila poderosa
atrapó, un día, a un cordero
para comerlo en su nido
y echarse a dormir luego.

Allí reposaba un cuervo
y quiso imitar la hazaña.
Voló sobre el rebaño
y a un carnero, pescó con maña.

El cuervo no sabía
usar muy bien sus garras,
la lana era muy fina
y se le enredó en las patas.

El pastor observó el ataque
que acontecía en las lomas.
Corrió hasta allí, tomó al carnero
y al cuervo le cortó las plumas.

Era, el grajo, un buen regalo
para sus niños traviesos
que en la finca lo esperaban
aburridos e inquietos.

Los niños al ver al ave,
corrieron a acariciarla
¿Qué pájaro es este, padre?
preguntaron al tocarla.

Para mí, es tan sólo un cuervo.
Dijo el padre con sensatez.
Pero el pobre desjuiciado,
¡un águila cree que es!

Quiso atrapar a un carnero
y se enredaron sus patas.
No pudo alzar presto vuelo
y yo, hijos míos, le corté las alas.

Eso pasa, dijo el pastor a sus niños,
al hacer lo que no corresponde.
Pongan esfuerzo en lo que conocen
pues, cada uno, tiene sus dones.

 

por Karina Sacerdote

     
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