Esta vez no
pudo atrapar a la presa
que a unos metros estaba reposando.
Aunque tomara al jabalí por la oreja
sus dientes flojos no pudieron sujetarlo.
El hombre miró
al jabalí que escapaba
“¡Eres un tonto, un inútil!”
gritó al pobre perro cansado
y le dio un coscorrón.
“No
me castigues, por favor...”
Dijo el perro a su amo.
“No puedo, aunque quiera,
ser como en mi juventud era.
En honor a todo lo que te he dado
recuerda con agradecimiento esos años
y no me desprecies por lo que ya no soy.”
El hombre sintió
su falta en el corazón
y a su viejo perro le pidió perdón.
Ya no irían juntos de cacería
pero sus aventuras, con amor, recordarían.