Sobre un árbol muy alto
un tordo al cielo veía,
piaba y piaba, oteaba la campiña
y reposaba en la paz del día.

Al acecho y con sus palos,
con liga y ramitas engarzadas,
el cazador de pájaros
la manera de herirlo estudiaba.

Mientras al pájaro observaba,
suspiró y las varillas ajustó.
Expectante, mudo y con cautela
con precisión le apuntó.

El hombre distraído
concentrado en su presa
no advirtió a un áspid dormido
y al dar un paso, le pisó la cabeza.

El áspid de un salto despertó,
miró al cazador descuidado,
apuntó sus colmillos afilados
y el veneno letal le inyectó

¡Desgraciado de mí!
-gritó el trampero envenenado-
Por pensar en mi cacería
no advertí que era yo el cazado.

El que goza sometiendo a otros
y a su prójimo busca dañar,
a menudo no ve su desgracia
y es víctima del propio mal.

por Karina Sacerdote
karinasacerdote@revistaaxolotl.com.ar

     
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